Haciendo magia para leer

Robar libros

Alberto Manguel

«Estoy una vez más a punto de mudarme. A mi alrededor, entre el polvo secreto que surge de rincones insospechados al mover los muebles, se alzan inestables columnas de libros, semejantes a rocas talladas por el viento en un paisaje desértico. Mientras edifico pila tras pila de volúmenes familiares (algunos los reconozco por el color, otros por la forma, muchos por algún detalle en las sobrecubiertas cuyos títulos trato de leer cabeza abajo o desde un ángulo extraño), me pregunto, como suelo hacerlo cada tanto, por qué guardo tantos libros que sé que jamás volveré a leer. Me respondo que, cada vez que me desprendo de un libro, descubro unos días después que era precisamente ése el que estaba buscando. Me digo que no hay libros (o muy pocos, poquísimos), en los que no haya encontrado algo que me interese. Me digo que por alguna razón los he traído a mi casa, y que esa razón puede volver a ser válida en el futuro. Recurro a excusas de exhaustividad, de escasez, de una vaga erudición. Pero sé que la razón principal para conservar esta colección siempre en aumento es una especie de codicia voluptuosa. Disfruto con el espectáculo de mis estanterías abarrotadas, llenas de nombres más o menos familiares. Me encanta saber que estoy rodeado de una suerte de inventario de mi vida que me da algunos indicios sobre mi futuro. Me gusta descubrir, en volúmenes casi olvidados, huellas del lector que fui en otro tiempo: frases garrapateadas, boletos de autobús, trozos de papel con nombres y números misteriosos, en algún caso una fecha y un lugar en la solapa del libro, que me hacen volver a cierto café, a una lejana habitación de hotel, a un remoto verano de otros tiempos. Podría, si fuera necesario, abandonar estos libros míos y empezar de nuevo en algún otro lugar; lo he hecho antes, varias veces, por necesidad. Pero en esas ocasiones también he tenido que reconocer una pérdida grave, irreparable. Sé que algo muere cuando renuncio a mis libros, y que mi memoria sigue volviendo a ellos con una pesarosa nostalgia. Ahora, con el paso de los años, mi memoria recuerda cada vez menos y siento que se parece a una biblioteca desvalijada: muchas de las salas están cerradas, y en las que siguen abiertas y disponibles para consulta hay grandes huecos en sus estanterías. Tomo uno de los libros que quedan y compruebo que varias de sus páginas han sido arrancadas por vándalos. Cuanto más decrépito es el estado de mi memoria, mayor es mi deseo de proteger este depósito de lo que he leído, esta colección de texturas y voces y aromas. Poseer estos libros se ha convertido para mí en algo de máxima importancia; porque me he vuelto celoso del pasado.

La Revolución Francesa intentó abolir la idea de que el pasado era propiedad de una sola clase social. Lo logró al menos en un aspecto: coleccionar cosas antiguas pasó de ser un entretenimiento aristocrático a ser un pasatiempo burgués, primero bajo Napoleón, con su amor por los objetos ornamentales de la Roma antigua, y más tarde durante la República. A fines del siglo XIX, la exhibición de adornos anticuados, cuadros de antiguos maestros y libros en primeras ediciones se había convertido para los europeos en una afición de moda. Florecían las tiendas de curiosidades. Los anticuarios amasaban reservas de tesoros prerrevolucionarios que los nuevos ricos compraban y después exhibían en sus museos domésticos. “El coleccionista”, escribió Walter Benjamín, “no sólo sueña que se halla en un mundo pasado o distante, sino también, al mismo tiempo, en un mundo mejor en el que, aunque a las personas sigue faltándoles lo necesario como en el mundo de todos los días, las cosas están libres de la molesta necesidad de ser útiles”.

En 1792, el palacio del Louvre se convirtió en museo para el pueblo. Expresando un arrogante desacuerdo con la idea de un pasado común, el novelista y vizconde Francois-René de Chateaubriand se quejaba de que las obras de arte así reunidas “ya no tenían nada que decir ni a la imaginación ni al sentimiento”. Unos años después, cuando el artista y anticuario Alexandre Lenoir fundó el Museo de Monumentos Franceses para preservar las esculturas y la mampostería de mansiones y monasterios, de palacios e iglesias saqueados por la Revolución, Chateaubriand lo describió desdeñosamente como “una colección de ruinas y tumbas de todos los siglos, reunidas sin arte ni concierto en los claustros de los Petits Augustins”. Las críticas de Chateaubriand no tuvieron ningún efecto ni en el mundo oficial, ni en el privado de los coleccionistas de ruinas del pasado. Los libros figuraban entre los restos más copiosos que la Revolución dejó a su paso. Las bibliotecas privadas francesas del siglo XVIII eran tesoros familiares, conservados y ampliados de generación en generación por la nobleza, y los libros que contenían eran tanto símbolos de posición social como lujosos y elegantes adornos. Podemos imaginarnos al conde d’Hoym, uno de los bibliófilos más célebres de su tiempo (murió en 1736 a la edad de cuarenta años), sacando de sus superpoblados estantes un volumen de los Discursos de Cicerón, no como uno más de los muchos o miles de idénticos ejemplares impresos repartidos por numerosas bibliotecas, sino como un objeto único, encuadernado de acuerdo con sus instrucciones, anotado de su puño y letra y con su escudo familiar repujado en oro. Desde aproximadamente fines del siglo XII, los libros pasaron a ser objetos de compraventa, y en Europa su valor pecuniario estaba lo bastante establecido para que los prestamistas los aceptaran como garantía prendaria; en numerosos libros medievales, especialmente en los pertenecientes a estudiantes, pueden encontrarse anotaciones donde se registraban esos compromisos. Entrado el siglo XV, el comercio de libros se había vuelto lo suficientemente importante como para que se los colocara en la lista de mercaderías vendidas en las ferias comerciales de Frankfurt y Nordlingen. Algunos libros, por supuesto, eran únicos debido a su rareza, y se los valoraba a precios exorbitantes (un ejemplar de las escasísimas Epistolae de Pietro Delfino, de 1524, se vendió por 1.000 livres en 1719, unos treinta mil dólares estadounidenses a precios actuales), pero la mayoría tenían el valor de objetos personales, como recuerdos de familia, que sólo tocarían las manos de sus dueños y las de sus hijos. Por esa razón, las bibliotecas se convirtieron en uno de los blancos obvios de la Revolución. El contenido de las saqueadas bibliotecas del clero y la aristocracia, símbolos de los “enemigos de la república”, terminó en enormes depósitos de varias ciudades francesas —París, Lyon, Dijon y otras—, donde tuvieron que esperar, víctimas de la humedad, el polvo y las alimañas, que las autoridades revolucionarias tomaran una decisión sobre su destino. El problema de almacenar esa enorme cantidad de libros llegó a ser tan grave que las autoridades comenzaron a organizar ventas para librarse de parte del botín. Sin embargo, al menos hasta la creación del Banco de Francia como institución privada en 1800, la mayoría de los bibliófilos franceses (los que no estaban muertos o en el exilio) se habían empobrecido demasiado como para convertirse en clientes, y sólo extranjeros, sobre todo ingleses y alemanes, pudieron aprovechar la oportunidad. Para satisfacer a esa clientela extranjera, los libreros locales empezaron a actuar como rastreadores y agentes. En una de las últimas ventas expurgatorias, realizada en París en 1816, el librero y editor Jacques-Simon Merlin compró suficientes libros para llenar desde el sótano hasta el altillo dos casas de cinco pisos que había adquirido especialmente para ese fin. Aquellos volúmenes, en muchos casos libros valiosos y raros, se vendían por el peso del papel, y eso en una época en que los libros nuevos seguían siendo muy caros. Durante la primera década del siglo XIX, por ejemplo, una novela recién publicada costaba un tercio del salario mensual de un jornalero francés, mientras que una primera edición de Le román comique (1651), de Paul Scarron, podría haberse conseguido por la décima parte de esa suma. Los libros que la Revolución requisó y que ni se destruyeron ni se vendieron en el extranjero terminaron distribuyéndose entre las bibliotecas públicas de consulta, pero pocos lectores hacían uso de ellos. Durante la primera mitad del siglo XIX, las horas de apertura de esas bibliothéques publiques eran escasas, había unas normas muy estrictas sobre la manera de vestirse y, una vez más, los valiosos libros acumularon polvo en las estanterías, olvidados y sin lectores. Pero no durante mucho tiempo.

Guglielmo Bruto Icilio Timoleone, conde Libri-Carucci della Sommaia, nació en Florencia en 1803 en el seno de una noble y antigua familia toscana. Estudió derecho y matemáticas y tuvo tanto éxito en esta última disciplina que a la edad de veinte años le ofrecieron la cátedra de matemáticas de la universidad de Pisa. En 1830, después de recibir supuestas amenazas de muerte por parte de una organización nacionalista, los carbonarios, emigró a París y en poco tiempo se hizo ciudadano francés. Con su sonoro nombre reducido a conde Libri, fue bien recibido por los académicos franceses, elegido miembro del Instituí de France, nombrado profesor de ciencias de la universidad de París y galardonado con la Legión de Honor por sus méritos académicos. Pero Libri no sólo estaba interesado en la ciencia; también sentía pasión por los libros y ya en 1840 había acumulado una notable colección e intercambiaba manuscritos y libros raros. En dos ocasiones trató de conseguir un puesto en la Biblioteca Real, pero no lo logró. Por fin, en 1841, fue nombrado secretario de una comisión encargada de supervisar el “catálogo oficial, general y detallado, de todos los manuscritos, tanto en lenguas antiguas como modernas, que existen hoy en todas las bibliotecas públicas de las provincias”.

Sir Frederic Madden, conservador del departamento de manuscritos del Museo Británico, describió de la siguiente manera su primer encuentro con Libri, el 6 de mayo de 1846 en París: “Por su aspecto se diría que no ha usado nunca agua y jabón o un cepillo. La sala en la que nos presentaron no tenía más de cinco metros de ancho, pero los manuscritos de las estanterías llegaban hasta el techo. Las ventanas eran de doble marco y en la chimenea ardía un fuego de carbón y coque, cuyo calor, sumado al olor de las pilas de vitela que nos rodeaban, era tan insufrible que casi no se podía respirar. El señor Libri advirtió nuestras molestias y abrió una de las ventanas, pero era evidente que el aire fresco le desagradaba y tenía los oídos tapados con algodón, como para no sentirlo. El señor Libri es una persona bastante corpulenta, de aspecto jovial, pero de facciones vulgares”. Sir Frederic aún ignoraba que el conde Libri era además uno de los más consumados ladrones de libros de todos los tiempos.

Según Tallemant des Réaux, chismoso del siglo XVII, robar libros no es un delito a menos que luego se los venda. El placer de tener en las manos un ejemplar muy poco común, de pasar páginas que ninguna otra persona puede pasar sin nuestro permiso, sin duda era uno de los motivos que impulsaba a Libri. Pero jamás sabremos si fue el espectáculo de tantos volúmenes maravillosos lo que tentó de pronto al culto bibliófilo, o si fue la concupiscencia lo que lo llevó en primer lugar a solicitar el puesto de secretario. Provisto de sus credenciales de funcionario público, vestido con una amplia capa bajo la cual ocultaba sus tesoros, Libri se introdujo en bibliotecas de toda Francia, donde sus conocimientos especializados le permitían sacar de sus escondites los bocados más apetitosos. En Carpentras, Dijon, Grenoble, Lyon, Montpellier, Orleans, Poitiers y Tours no sólo robó volúmenes enteros, sino que también cortó páginas sueltas, que luego exhibía y que en ocasiones vendió. Únicamente en Auxerre no logró su propósito. El obsequioso bibliotecario, ansioso por complacer al funcionario cuyos documentos lo presentaban como Monsieur le sécretaire y Monsieur Vinspecteur général, autorizó de buena a gana a Libri a que trabajara de noche en la biblioteca, pero insistió en que un guardia permaneciera siempre a su lado para poder atender todas las necesidades de monsieur.

Las primeras acusaciones contra Libri datan de 1846, pero, tal vez porque sonaban inverosímiles, se hizo caso omiso de ellas, y Libri siguió desvalijando bibliotecas. También empezó a organizar importantes ventas con algunos de los libros robados, ventas para las que preparó unos catálogos excelentes y muy detallados. ¿Por qué ese apasionado bibliófilo vendió los libros que había robado con tanto riesgo? Tal vez creía, como Proust, que “el deseo hace florecer todas las cosas, mientras que la posesión todo lo marchita”. Quizá sólo necesitaba unos cuantos libros muy valiosos que seleccionó como si fueran las mejores perlas de su botín. Quizá los vendió por simple avaricia, pero ésa es una hipótesis mucho menos interesante. Fueran cuales fueren sus razones, ya no se podía ignorar la venta de libros robados. Se multiplicaron las acusaciones y un año después el fiscal inició discretas investigaciones, más tarde silenciadas por el presidente del Consejo de ministros, M. Guizot, amigo de Libri y testigo de su boda. Es probable que el asunto no hubiera llegado más lejos si los participantes de la Revolución de 1848, que puso fin a la Monarquía de Julio y proclamó la Segunda República, no hubieran descubierto el expediente de Libri escondido en el escritorio de Guizot. Libri recibió un aviso y él y su esposa escaparon a Inglaterra, pero no sin llevarse dieciocho cajones de libros, valorados en 25.000 francos. Por aquel entonces, un obrero calificado ganaba unos cuatro francos diarios.

Una multitud de políticos, artistas y escritores intentaron (en vano) defender a Libri. Algunos habían sacado provecho de sus fechorías y no querían verse implicados en el escándalo; otros lo habían aceptado como un honorable erudito y no deseaban aparecer como ingenuos. El escritor Prosper Mérimée asumió con especial fervor la defensa de Libri. Libri le había mostrado a Mérimée, en el departamento de un amigo, el célebre Pentateuco de Tours, un volumen ilustrado del siglo vil; Mérimée, que había viajado mucho por Francia y había visitado numerosas bibliotecas, señaló que había visto aquel libro en Tours; Libri, con rapidez imaginativa, le explicó que lo que había visto era una copia francesa del original que él mismo había adquirido en Italia. Mérimée le creyó. En una carta a Édouard Delessert escrita el 5 de junio de 1845, Mérimée insistía; “Para mí, que siempre he dicho que la afición a coleccionar lleva a las personas a cometer delitos, Libri es el más honesto de los coleccionistas, y no conozco a nadie, excepto a Libri, capaz de devolver a las bibliotecas libros que otros han robado”. Por fin, dos años después de que Libri fuera declarado culpable, Mérimée publicó en La revue des deux mondes una defensa tan vehemente de su amigo que tuvo que comparecer ante los tribunales de justicia, acusado de desacato.

Dado el peso de las pruebas contra él, Libri fue condenado in absentia a diez años de prisión y a la pérdida de sus cargos oficiales. Lord Ashburnham, que había comprado a Libri, por intermedio del librero Joseph Barrois, otro raro Pentateuco ilustrado (este último robado de la biblioteca pública de Lyon), aceptó las pruebas de la culpabilidad de Libri y devolvió el libro al embajador francés en Londres. El Pentateuco fue el único libro que lord Ashburnham devolvió. “Las felicitaciones que le llegaron de todas partes al autor de un acto tan generoso no lo impulsaron, sin embargo, a repetir la experiencia con otros manuscritos de su biblioteca”, comentó Léopold Delisle, quien en 1888 confeccionó un catálogo del botín reunido por Libri.

Pero para entonces ya hacía mucho tiempo que Libri había vuelto la página final de su último libro robado. De Inglaterra se trasladó a Italia y se instaló en Fiésole, donde murió el 28 de septiembre de 1869, en la indigencia y sin haber sido rehabilitado. Sin embargo, al fin y al cabo, consiguió vengarse de sus acusadores. El año del fallecimiento de Libri, el matemático Michel Chasles, elegido para ocupar la cátedra de Libri en el Institut de France, compró una increíble colección de textos autógrafos con la seguridad de que le generarían fama y la envidia de los demás. La colección incluía, entre otras cosas, cartas de Julio César, Pitágoras, Nerón, Cleopatra, de la escurridiza María Magdalena… Al final se comprobó que todas eran falsas, obra del famoso falsificador Vrain-Lucas, a quien Libri había pedido que visitara a su sucesor.

El robo de libros no era una novedad en la época de Libri. “La historia de la bibliocleptomanía”, escribe Lawrence S. Thompson, “se remonta al comienzo de las bibliotecas en Europa occidental y, sin duda, podría rastrearse incluso hasta épocas anteriores, a través de la historia de las bibliotecas griegas y orientales”. Las primeras bibliotecas romanas consistían sobre todo de volúmenes en griego, porque los romanos habían saqueado Grecia a conciencia. La Biblioteca Real de Macedonia, la de Mitrídates de Ponto, la de Apelicón de Teos (más adelante utilizada por Cicerón) fueron desvalijadas y sus contenidos trasladados a suelo romano. Tampoco se libraron del pecado los primeros siglos del cristianismo: el monje copto Pacomio, que había instalado una biblioteca en su monasterio egipcio de Tabennisi en las primeras décadas del siglo m, hacía todas las noches un registro del inventario para asegurarse de que todos los libros habían sido devueltos. En sus incursiones por la Inglaterra anglosajona, los vikingos robaban los manuscritos ilustrados de los monjes, tentados tal vez por el oro de las encuadernaciones. Uno de esos lujosos volúmenes, el Codex Aureus, fue robado en algún momento del siglo xi, pero los ladrones lo devolvieron, a cambio de un rescate, a sus dueños originales, porque no pudieron encontrar compradores en ningún otro sitio. El robo de libros fue una plaga en la Edad Media y el Renacimiento; en 1752, el papa Benedicto XIV expidió una bula en la que condenaba con la excomunión a los ladrones de libros. Otras amenazas eran más mundanas, como lo prueba esta advertencia inscrita en un valioso tomo renacentista:

El nombre de mi dueño puedes verlo aquí, Cuídate, entonces, de robarme a mí; Porque si lo haces, sin dilación Pagarás con el cuello mi desaparición. Mira más abajo y la imagen verás De la horca de donde colgarás Toma buena nota y contente, No sea que por ese árbol ¡muy alto trepes

O esta otra, inscrita en la biblioteca del monasterio de San Pedro, en Barcelona:

Para aquel que roba, o pide prestado un libro y a su dueño no lo devuelve, que se le mude en sierpe la mano y lo desgarre. Que quede paralizado y condenados todos sus miembros. Que desfallezca de dolor, suplicando a gritos misericordia, y que nada alivie sus sufrimientos hasta que perezca. Que los gusanos de los libros le roan las entrañas como lo hace el remordimiento que nunca cesa. Y que cuando, finalmente, descienda al castigo eterno, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.

De todos modos, ninguna maldición parece disuadir a los lectores que, como amantes enloquecidos, están decididos a hacer suyo un libro determinado. El ansia de poseer un libro, de ser su único dueño, es una especie de codicia que no se parece a ninguna otra. “Un libro se lee mejor”, confesaba el ensayista inglés Charles Lamb, contemporáneo de Libri, “si es nuestro, y lo conocemos desde hace tanto tiempo que sabemos de memoria la topografía de sus borrones y las páginas con las esquinas dobladas, y podemos relacionar sus manchas con la ocasión en que lo leímos durante el té, mientras comíamos pan con manteca”.

El acto de leer establece una relación íntima y física en la que participan todos los sentidos: los ojos que extraen las palabras de la página, los oídos que se hacen eco de los sonidos leídos, la nariz que aspira el aroma familiar del papel, el pegamento, la tinta, el cartón o el cuero, el tacto que acaricia la aspereza o suavidad de la página, la flexibilidad o la dureza de la encuadernación; incluso el gusto, en ocasiones, cuando el lector se lleva los dedos a la lengua (que es el método por el cual el asesino de El nombre de la rosa envenena a sus víctimas). Muchos lectores no están dispuestos a compartir todo eso, y si el libro que desean leer está en posesión de otra persona, las leyes de la propiedad son tan difíciles de respetar como las de la fidelidad en el amor. Además, la posesión material a veces se convierte en sinónimo de apropiación intelectual. Llegamos a sentir que los libros que poseemos son los libros que conocemos, como si en las bibliotecas la posesión fuese, al igual que en los tribunales anglosajones, nueve décimas partes de la ley; que contemplar el lomo de los libros que consideramos nuestros, que hacen guardia obedientemente en las paredes de nuestra habitación, dispuestos a hablarnos a nosotros y sólo a nosotros con sólo pasar la página, nos permite decir, “Todo esto es mío”, como si su sola presencia nos llenara de su sabiduría, sin que nosotros debamos esforzarnos por aprender su contenido. En eso he sido tan culpable como el conde Libri. Incluso hoy en día, sumergidos como estamos bajo docenas de ediciones y miles de ejemplares idénticos del mismo libro, sé que el volumen que tengo entre las manos, ese volumen y no otro, se convierte en el Libro propiamente dicho. Anotaciones, manchas, marcas de uno u otro tipo, ciertos momentos y lugares, definen ese volumen con la misma seguridad que si se tratara de un manuscrito invaluable. Tal vez no queramos justificar los robos de Libri, pero el anhelo subyacente, el deseo apremiante de ser, aunque sea sólo un momento, la única persona que puede llamar “mío” a un determinado libro, es algo que tienen en común más mujeres y hombres honestos de lo que estaríamos dispuestos a reconocer.»

 

El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: Alberto Manguel “Una historia de la lectura” 2014 Siglo Veintiuno Editores.

Libro disponible en Biblioteca Casa Égüez.

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