La intimidad de leer

Lectura privada

                Alberto Manguel

«Es verano. Hundida en la blanda cama, entre almohadas de pluma, con el inconstante fondo sonoro del traqueteo de los carros sobre los adoquines que llega a través de la ventana, una niña de ocho años lee en silencio Los miserables, de Víctor Hugo, en la Rué de L’Hospice de un pueblo gris llamado Saint-Sauveur-en-Puisaye. Esta niña no lee muchos libros; vuelve a los mismos una y otra vez. Ama Los miserables con lo que más tarde llamará “una pasión razonada”; considera que puede acurrucarse dentro de sus páginas “como un perro en su perrera”. Todas las noches, anhela seguir a Jean Valjean en sus dolorosas peregrinaciones, encontrarse de nuevo con Cosette, Marius, incluso el temido Javert. (De hecho, el único personaje que no aguanta es el pequeño Govroche, con su heroísmo tan insoportable.) En el jardín del fondo, entre los árboles y las flores en macetas, tiene que competir por el material de lectura con su padre, un militar que perdió la pierna izquierda en las campañas de África. De camino hacia la biblioteca (su recinto privado), el padre recoge su diario —Le Temps— y su revista — La Nature— y, con sus ojos de cosaco relampagueando bajo las hirsutas cejas grises, retira de las mesas todo el material impreso, que luego se lleva a la biblioteca y que nunca más vuelve a ver la luz del día”. Por experiencia, la niña ha aprendido a mantener sus libros fuera del alcance del militar retirado. Su madre no cree en la ficción: “Tantas complicaciones, tanto amor apasionado en esas novelas”, le dice a su hija. “En la vida real las personas tienen otras cosas en la cabeza. Puedes comprobarlo tú misma: ¿alguna vez me has oído quejarme y lloriquear por amor como las personas de esos libros? Y, sin embargo, tengo derecho a un capítulo, diría yo, ¡con dos maridos y cuatro hijos!”. Si encuentra a su hija leyendo el catecismo para su inminente comunión, se indigna al instante: “¡Cómo detesto la desagradable costumbre de hacer preguntas!: ¿Qué es Dios? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto otro? ¡Todos esos signos de interrogación, esas obsesivas investigaciones, toda esa curiosidad, me parecen algo terriblemente indiscreto! ¡Y todo ese mandoneo! ¿Quién convirtió los Diez Mandamientos en ese horrible galimatías? ¡Desde ya que no me gusta ver un libro como ése en manos de un niño!”

Enfrentada a su padre, vigilada con cariño y rigor por su madre, la niña no encuentra otro refugio que su habitación, su cama, por la noche. Durante toda su vida adulta, Colette buscará siempre ese espacio solitario para la lectura. Tanto en ménage como sola, en reducidos alojamientos o en grandes casas de campo, en habitaciones alquiladas o en amplios departamentos parisinos, intentará reservarse (no siempre con éxito) una zona en la que sólo admitirá las intrusiones que ella misma invite. Ahora, acostada en la acolchada cama, sujetando con las dos manos el preciado libro que apoya sobre el estómago, ha creado no sólo su propio espacio sino una manera personal de medir el tiempo. (Colette niña no lo sabe, pero a menos de tres horas de camino, en la abadía de Fontevrault, la reina Leonor de Aquitania, muerta en 1204, yace esculpida en piedra en la losa que cubre su sepulcro, sosteniendo un libro exactamente de la misma manera.) Yo también leía en la cama. En la larga sucesión de camas en las que pasé las noches de mi infancia, en extrañas habitaciones de hotel donde las luces de los automóviles que pasaban por la calle barrían misteriosamente el techo, en casas cuyos olores y sonidos no me eran familiares, en chalets veraniegos pegajosos por la brisa del mar o donde el aire de montaña era tan seco que me ponían cerca una palangana humeante con agua de eucalipto para ayudarme a respirar, la combinación de cama y libro me proporcionaba una suerte de hogar al que sabía que podía volver, noche tras noche, sin importar dónde me encontrara. Nadie me llamaba para pedirme que hiciera esto o aquello; tampoco mi cuerpo necesitaba nada, inmóvil bajo las sábanas. Lo que sucedía, sucedía en el libro, y yo era el narrador. La vida seguía su curso porque yo pasaba las páginas. No creo recordar una mayor alegría total que la de llegar a las últimas páginas y dejar el libro, de modo que el final no tuviera lugar hasta al menos el día siguiente, recostándome después en la almohada con la sensación de que realmente había conseguido detener el tiempo. Sabía que no todos los libros eran aptos para leer en la cama. Y no había nada como las novelas policíacas y los cuentos fantásticos para dormir tranquilamente. Para Colette, Los miserables, con sus calles y sus bosques, sus huidas por oscuras cloacas o entre barricadas, era el libro perfecto para la quietud del dormitorio. El poeta W. H. Auden pensaba algo similar. En su opinión, el libro tiene que estar, de algún modo, reñido con el lugar en que se lo lee. “No puedo leer los relatos pastorales de Jefferies en las colinas de Wiltshire”, se lamentaba, “ni hojear limericks en el salón de un club inglés”. Tal vez sea cierto; es posible que sea un poco redundante explorar en la página un mundo similar al que nos rodea en el momento de la lectura. Pienso en André Gide leyendo a Boileau mientras navegaba por el Congo, y el contrapunto entre la vegetación exuberante, caótica, y el verso riguroso, tallado del siglo XVII parece perfecto. Pero, como Colette descubrió, así como ciertos libros exigen un contraste entre su contenido y el entorno, algunos parecen exigir posiciones particulares para leer, posturas del lector que, a su vez, requieren lugares apropiados para esas posturas. (Por ejemplo, ella no podía leer la Histoire de France de Michelet si no se acurrucaba en el sillón de su padre con Fanchette, “la más inteligente de las gatas”.) En muchos casos, el placer que proporciona la lectura depende de la comodidad del lector. “He buscado la felicidad en todas partes”, confesaba Tomás de Kempis a principios del siglo XV, “pero no la he encontrado en ninguna, excepto en un rincón con un pequeño libro”. Pero, ¿qué rincón? ¿Qué libro? Ya sea que elijamos primero el libro y después un rincón apropiado, o que primero hallemos el rincón y luego decidamos qué libro se adecuará al ambiente del rincón, no cabe duda de que a cada lectura le corresponde un lugar, y que entre esas dos cosas existe una relación inextricable. Hay libros que leo en mi sillón y hay otros que leo sentado frente a mi escritorio; hay libros que leo en el metro, en el tranvía o en el autobús. Considero que los libros leídos en trenes tienen algo en común con los libros que se leen en sillones, tal vez porque en los dos casos puedo aislarme sin dificultad de lo que me rodea. “La mejor ocasión para leer un buen relato refinado”, dijo el novelista inglés Alan Sillitoe, “es un viaje solitario en tren. Rodeado de desconocidos, y con un paisaje que no nos es familiar al otro lado de la ventanilla (al que se le echa una ojeada de cuando en cuando), la atractiva y complicada vida que surge de las páginas impresas produce efectos propios, peculiares y duraderos”. Los libros leídos en una biblioteca pública jamás tienen el mismo sabor que los que se leen en un altillo o en la cocina. En 1374, el rey Eduardo III pagó 66 libras, 13 chelines y cuatro peniques por un libro de romances “para su dormitorio”, donde, evidentemente, pensaba que podía leerse un libro de ese género. En la Vida de san Gregorio del siglo XIII se describe el baño como “un lugar retirado donde pueden leerse tablillas sin interrupciones”. Henry Miller estaba de acuerdo: “Mis mejores lecturas las he hecho en el baño”, confesó una vez. “Hay pasajes del Ulises que sólo se pueden leer en el inodoro, si se le quiere extraer todo el sabor al contenido”. De hecho, el cuartito “destinado a un uso muy especial y muy vulgar” era, para Marcel Proust, el sitio “para todas mis ocupaciones que requieren una soledad sacrosanta: la lectura, las ensoñaciones, las lágrimas y el placer sensual”. El epicúreo poeta persa Omar Khayyam recomendaba leer poesía al aire libre y bajo un árbol; siglos más tarde, el puntilloso Sainte-Beuve aconsejaba leer las Memoirs de Madame de Stäel “bajo árboles de noviembre”. “Tengo por costumbre”, escribió el joven poeta Shelley, “desnudarme y sentarme sobre las rocas, leyendo a Herodoto, hasta que dejo de sudar”. Pero no todo el mundo es capaz de leer con el cielo por techo. “Raras veces leo en playas o jardines”, confesó Marguerite Duras. “No se puede leer con dos luces al mismo tiempo, la luz del día y la del libro. Hay que leer con luz eléctrica, la habitación en sombras, sólo la página iluminada”. Es posible transformar un lugar leyendo en él. Durante las vacaciones de verano, una vez que el resto de la familia había salido a dar su paseo matutino, Proust volvía a escondidas al comedor confiando en que sus únicos acompañantes, “muy respetuosos con la lectura”, serían “los platos pintados que colgaban de las paredes, el calendario donde la página del día anterior acababa de ser arrancada, el reloj y el hogar de la chimenea, que hablan sin esperar respuesta y cuyos balbuceos, a diferencia de las palabras de los seres humanos, no tratan de reemplazar el sentido de las palabras que uno está leyendo por otro distinto”. Dos horas completas de felicidad hasta que aparecía la cocinera, “demasiado pronto, prontísimo, para poner la mesa; ¡y si por lo menos la pusiera sin hablar! Pero se sentía obligada a decir: ‘No puede estar cómodo así, ¿y si le trajera una mesita?’ Y para contestar una cosa tan trivial como ‘No, muchas gracias’, uno tenía que detenerse por completo y hacer volver desde muy lejos la propia voz, que, oculta detrás de los labios, repetía sin sonido y muy rápido todas las palabras leídas con los ojos; uno tenía que detener su propia voz; sacarla a la luz y, para decir de manera correcta ‘No, muchas gracias’, darle una apariencia de cotidianidad, una entonación de respuesta que había perdido”. Sólo mucho más tarde —de noche, bastante después de la cena —-, y cuando apenas le quedaban unas pocas páginas del libro, Proust volvía a encender la vela, exponiéndose al castigo si lo descubrían, y al insomnio, porque una vez terminado el libro, la pasión con que había seguido el argumento y a sus protagonistas le impedía dormir, y tenía que dar vueltas por la habitación o mantenerse acostado, jadeante, y deseando que la historia continuara, o deseando saber al menos algo más acerca de los personajes que tanto había amado. Hacia el final de su vida, recluido en una habitación tapizada de corcho que le aliviaba un poco el asma, sentado en la cama gracias a los almohadones que lo sostenían, y trabajando a la luz de una débil lámpara, Proust escribió: “los libros verdaderos no deben nacer de días luminosos y conversaciones amables, sino de la melancolía y el silencio”. En la cama, de noche, con la página iluminada por un tenue resplandor amarillo, yo, lector de Proust, repito aquel misterioso momento del nacimiento. Geoffrey Chaucer —o, más bien, la dama insomne de su Libro de la duquesa— pensaba que leer en la cama era más entretenido que un juego de mesa: Cuando vi que no podía dormir, Tarde ya, la otra noche, Me incorporé en la cama Pedí a uno que me trajera un libro, Un romance, y él me lo entregó Para leer y pasar así la noche; Porque me pareció diversión mejor Que jugar al ajedrez o a las damas. Pero leer en la cama proporciona algo más que entretenimiento; brinda también una peculiar sensación de intimidad. Leer en la cama es un acto egocéntrico, inmóvil, libre de las ordinarias convenciones sociales, invisible para el mundo y que, como tiene lugar entre las sábanas, en el reino de la lascivia y la pereza pecaminosa, comparte algo de la emoción de las cosas prohibidas. Quizá sea el recuerdo de esas lecturas nocturnas lo que presta a las novelas policiales de John Dickson Carr, de Michael Innes, de Anthony Gilbert —todas leídas durante las vacaciones de verano en mi adolescencia en Punta del Este o Don Torcuata— cierta coloración erótica. La frase trivial “llevarse un libro a la cama” siempre me ha parecido cargada de promesas sensuales. El novelista Josef Skvorecky ha descrito su vida de lector adolescente en la Checoslovaquia comunista, “en una sociedad gobernada por normas bastante estrictas y vinculantes, en la que la desobediencia se castigaba a la manera antigua, antes de que se inventara la permisividad. Una de esas normas era: la luz, apagada a las nueve en punto. Los chicos tienen que levantarse a las siete y necesitan diez horas de sueño”. Leer en la cama se convertía así en el fruto prohibido. Después de apagadas las luces, dice Skvorecky, “acurrucado en la cama, me tapaba por completo, la cabeza incluida, con una manta, sacaba de debajo del colchón una linterna eléctrica, y luego me daba el gusto de leer y leer y leer. Finalmente, muchas veces pasada la medianoche, me quedaba dormido, con un cansancio muy placentero”. La escritora norteamericana Anne Dillard recuerda cómo los libros de su infancia la alejaban de su ciudad, perdida en el centro de Estados Unidos, “lo que me permitía crearme una vida entre libros en algún otro sitio… De manera que comamos a nuestros dormitorios y leíamos febrilmente, y amábamos al mismo tiempo los grandes y nobles árboles detrás de las ventanas, y los terribles veranos del Medio Oeste, y sus terribles inviernos”. Leer en la cama cierra el mundo que nos rodea, pero también, al mismo tiempo, lo abre.

La idea de leer en la cama no es antigua. La cama griega, o kline, era un marco de madera colocado sobre patas redondas, rectangulares o con formas de animales y decorada con materiales preciosos, pero no muy práctica para leer. Durante las reuniones sociales sólo les estaba permitido usarla a los hombres y a las cortesanas. Tenía un apoyo para la cabeza de poca altura, colchón y almohadas, y se empleaba tanto para dormir como para recostarse cuando se estaba desocupado. En esa posición era posible leer un rollo sosteniendo un extremo con la mano izquierda, desenrollando el otro con la derecha mientras el codo derecho sostenía el cuerpo. Ese procedimiento era bastante incómodo y, después de un tiempo, se volvía insoportable. Los romanos tenían camas (lectus) diferentes según su finalidad; poseían, por ejemplo, camas para leer y escribir. La forma no cambiaba mucho; las patas eran redondas y la mayoría estaban decoradas con incrustaciones y guarniciones de bronce. En la oscuridad del dormitorio (el cubiculum, normalmente en el rincón más apartado de la casa), el lecho romano destinado a dormir servía a veces como cama para la lectura, aunque no muy agradable; a la luz de una vela hecha de tela empapada en cera, o lucubrum, los romanos leían y “elucubraban” en relativa tranquilidad. A Trimalción, el nuevo rico del Satiricón de Petronio, lo traen a la sala del banquete, “sostenido por montones de almohadones diminutos” en una cama que se utilizaba para diferentes funciones. Alardeando de que no es una persona que desprecie el saber —tiene dos bibliotecas, “una griega y otra latina”—, Trimalción se ofrece a improvisar unos versos que luego lee a los invitados reunidos, de modo que escribe y lee esos versos sin moverse de su ostentoso lectus. En los primeros tiempos de la Europa Cristiana y hasta bien entrado el siglo XII, las camas corrientes eran objetos sencillos y desechables que con frecuencia se abandonaban durante las forzosas retiradas causadas por guerras o hambrunas. Como sólo los ricos tenían camas trabajadas, y muy pocos, además de los ricos, poseían libros, las camas y los libros se convirtieron en símbolos de la riqueza familiar. Eustacius Boilas, un aristócrata bizantino del siglo xi, dejó en su testamento una Biblia, varios libros de hagiografía e historia, una Llave de los sueños, un ejemplar del popular Romance de Alejandro y una cama recamada en oro. Los monjes tenían sencillos catres en sus celdas, y allí podían leer con más comodidad que en sus duros bancos y escritorios. Un manuscrito ilustrado del siglo XIII muestra a un joven monje barbudo en el catre de su celda, vestido con su hábito, con una almohada blanca detrás de la espalda y las piernas cubiertas con una manta gris. La cortina que separa el lecho del resto del aposento está levantada. Sobre un caballete hay tres libros abiertos, y tres más descansan sobre sus piernas, listos para ser consultados, mientras el monje, en sus manos, sostiene una doble tablilla encerada y un estilete. Al parecer ha buscado refugio en la cama por el frío; sus botas descansan sobre un banco pintado y él se encuentra trabajando en un entorno que parece agradable y tranquilo. En el siglo XIV, con el florecimiento de la burguesía, los libros dejan de ser propiedad exclusiva de la nobleza y el clero. La aristocracia se convierte en modelo para los nouveaux riches: si los nobles leían, también ellos leerían (una capacidad que los burgueses ya habían adquirido debido a las necesidades del comercio); si los aristócratas dormían sobre madera tallada y entre lujosos cortinados, ellos harían lo mismo. Poseer libros y camas decoradas se convirtió en señal de una categoría social elevada. El dormitorio pasó a ser algo más que la habitación en la que el burgués dormía y hacía el amor; se convirtió en depósito de los bienes acumulados —incluidos los libros—, que por la noche podían custodiarse desde el bastión del lecho. Aparte de los libros, no había muchos objetos a la vista; en su mayor parte permanecían guardados en baúles y cajas, para protegerlos de las polillas y de la herrumbre.

Desde el siglo XV al XVII, la cama principal era la presa más codiciada cuando se confiscaba una propiedad. Los libros y las camas eran bienes muy valiosos (Shakespeare legó a su esposa, Anne Hathaway, “su segunda mejor cama”) que, a diferencia de la mayoría de las posesiones, podían pertenecer a un solo miembro de la familia. En una época en que a las mujeres se les permitían muy pocas posesiones, sí podían poseer libros, y se los dejaban en herencia a sus hijas con más frecuencia que a los varones. Ya en 1432, cierta Joanna Hilton de Yorkshire legó a su hija un Romance, con los diez mandamientos, un Romance de los siete sabios y un Román de la Rose. Se exceptuaban los libros de oraciones y las Biblias ilustradas, objetos muy caros que por lo general formaban parte del patrimonio familiar y, por consiguiente, estaban incluidos en la herencia del primogénito.

El Libro de horas Playfair, un volumen francés de fines del siglo XV, con ilustraciones, muestra en una de éstas el nacimiento de la Virgen. La partera le presenta la niña a la madre de la Virgen, santa Ana, representada como una noble señora, probablemente no muy distinta de la duquesa de Chaucer (en la Edad Media se extendió la creencia de que la familia de santa Ana era rica). La madre de la Virgen está sentada muy recta en una cama con medio dosel adornado con un paño rojo de motivos dorados. Totalmente vestida, lleva un traje azul con bordados de oro y un manto blanco le cubre la cabeza y el cuello. (Sólo entre los siglos xi y XV era normal dormir desnudo; en un contrato matrimonial del siglo XIII se estipula que “la esposa no dormirá con camisa sin consentimiento de su esposo”.) Una sábana de color verde amarillento —el verde es el color del parto, el triunfo de la primavera sobre el invierno— cuelga a ambos lados de la cama. Una sábana blanca está doblada sobre la colcha roja que cubre el lecho; en esa sábana, sobre el regazo de santa Ana, hay un libro abierto. Y, sin embargo, pese a la intimidad sugerida por el libro (probablemente de oraciones), a pesar de las protectoras cortinas, el aposento no parece un lugar íntimo y privado. La partera da la impresión de haber entrado con toda naturalidad; todo eso nos hace pensar en muchas otras representaciones del nacimiento y la muerte de María, momentos en los que el lecho está siempre rodeado de personas que vienen a felicitarla, o a manifestar su dolor: hombres, mujeres y niños, y a veces hasta un perro que bebe distraído en un rincón. Esta habitación donde se da a luz y donde luego sobrevendrá la muerte no es un espacio que santa Ana haya creado para sí. En la Europa de los siglos XVI y XVII, los dormitorios —como casi todos los otros cuartos de la casa— eran también lugares de paso, de manera que un dormitorio no garantizaba necesariamente la paz y la quietud para actividades como la lectura. Como es obvio, rodear una cama con cortinas y llenarla de posesiones personales no bastaba: una cama requería su propia habitación. (Los chinos adinerados de los siglos XIV y XV tenían dos clases de camas, y cada una creaba su propio espacio privado: la movible k’ang, que tenía el uso triple de plataforma para dormir, mesa y asiento, y que a veces se calentaba mediante tubos que circulaban por debajo, y una construcción independiente dividida en compartimentos, como una especie de habitación dentro de otra.) En el siglo XVIII, aunque los dormitorios aún no habían llegado a ser espacios totalmente tranquilos, quedarse leyendo en la cama —al menos en París— era una actividad lo bastante difundida como para que san Juan Bautista de La Salle, el filántropo educador francés canonizado en 1900, advirtiera contra los pecaminosos peligros de ese ocioso pasatiempo. “Es totalmente indecente y de mala educación conversar, chismorrear o juguetear en la cama”, escribió en Las reglas del decoro en la urbanidad cristiana, obra publicada en 1703. “No imitéis a ciertas personas que se dedican a la lectura y a otros asuntos; no os quedéis en la cama si no es para dormir; de ese modo vuestra virtud saldrá muy beneficiada”. Para esa misma época, el autor de Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift, sugería irónicamente que los libros leídos en la cama debían ser aireados: “En el momento en que abra las ventanas para ventilar”, aconseja a la doncella a cargo de limpiar el dormitorio de su señora, “deje los libros, u otras cosas, sobre el asiento junto a la ventana, para que también les llegue el aire”. En Nueva Inglaterra, a mediados del siglo XVIII, se suponía que la lámpara Argand, mejorada por Jefferson, había fomentado la costumbre de leer en la cama. “Se comprobó enseguida que las cenas, antes iluminadas por velas, perdieron el brillo de antaño”, porque los que antes se destacaban en las conversaciones ahora se retiraban a sus dormitorios para leer. La intimidad plena en el dormitorio, incluso en la cama, aún era difícil de alcanzar. Incluso si la familia era lo bastante rica como para disponer de dormitorios y camas individuales, las convenciones sociales exigían que se llevaran a cabo ciertas ceremonias comunes en ese recinto. Era costumbre, por ejemplo, que las damas “recibieran” en su dormitorio, completamente vestidas pero acostadas en la cama, sostenidas por una multitud de almohadas; los visitantes se sentaban en la ruelle o “callejón” entre la cama y la pared. Antoine de Courtin, en su Nuevo tratado de urbanidad tal como se practica en Francia entre las personas virtuosas, recomendaba encarecidamente “que las cortinas de la cama se mantengan corridas” para ajustarse a las normas de la decencia, y señalaba que “es impropio, en presencia de personas que no sean nuestros inferiores, echarse en la cama y mantener desde allí una conversación”. En Versalles, el ritual para despertar al monarca —el famoso lever du Roi— se convirtió en una ceremonia muy compleja en la que seis categorías distintas de nobles se turnaban para entrar en la cámara real y disfrutar de privilegios predeterminados tales como ponerle —o quitarle— la regia manga izquierda o derecha, o leer para el deleite de los reales oídos. Incluso el siglo XIX se resistía a reconocer el dormitorio como un lugar privado. Al exigir que se prestara atención a esa “habitación donde transcurre casi la mitad de la vida”, la señora Haweis, en el capítulo “Hogares para gente feliz” de su influyente libro El arte del cuidado de la casa, se quejaba de que “los solteros —¿por qué no las solteras?— a veces disfrazan y adornan el dormitorio, donde el espacio es escaso, con sofáscamas, lavamanos cerrados de estilo Chippendale o francés antiguo, palmeras y mesitas caprichosas, convirtiéndolo en un lugar de paso, sin que sea posible sospechar que nadie, salvo un canario, duerme allí”. “Me gustaría”, escribió Leigh Hunt en 1891, “un dormitorio de mediana categoría, similar a los de hace más o menos cien años”, donde el escritor pudiera disponer de “ventanas con asientos desde donde contemplar un poco de verdor” y dos o tres “pequeñas estanterías para libros”.

Para Edith Warton, la aristocrática novelista estadounidense, el dormitorio llegó a ser el único refugio contra el ceremonial decimonónico, donde podía leer y escribir con tranquilidad. “Imaginemos su cama”, sugiere Cynthia Ozick en un estudio del arte de Wharton. “Utilizaba un tablero para escribir. Gross, el ama de llaves, casi la única persona que conocía ese intimísimo secreto del dormitorio, le traía el desayuno. (Una secretaria recogía del suelo las páginas escritas para mecanografiarlas.) Fuera de la cama, Wharton habría tenido que estar, de acuerdo con su código deconducta, vestida de una manera adecuada, y eso significaba llevar corsé. En la cama, su cuerpo era libre y liberaba su pluma”. También le daba libertad para leer; en ese espacio privado no tenía que explicar a los visitantes por qué había elegido un libro o qué pensaba de él. Tan importante era aquel sitio de trabajo horizontal que, en una ocasión, en el hotel Esplanade de Berlín, la novelista tuvo “un pequeño ataque de histeria porque la cama de su habitación no estaba correctamente colocada; sólo cuando la pusieron frente a la ventana se tranquilizó y comenzó a encontrar Berlín ‘incomparable’”. Las restricciones sociales que padecía Colette eran diferentes de las de Wharton, pero también en su vida privada la sociedad se entrometía constantemente. En la época de Wharton, se consideraba que ella escribía —al menos en parte— gracias a la autoridad que le proporcionaba su situación social; a Colette se la consideraba mucho más “escandalosa, audaz, perversa”, de modo que cuando murió, en 1954, la Iglesia Católica le negó un entierro religioso. En los últimos años de su vida Colette guardó cama, obligada por la enfermedad, pero también por el deseo de disponer de un espacio totalmente propio. Allí, en su departamento en el tercer piso del Palais Royal, en su radeau-lit —la “cama-balsa”, como la bautizó—, dormía y comía, recibía a amigos y conocidos, hablaba por teléfono, escribía y leía. La princesa de Polignac le había regalado una mesa que encajaba perfectamente sobre la cama y que le servía de escritorio. Erguida contra las almohadas, como cuando era una niña en Saint-Sauveur-en-Puisaye, con los geométricos jardines del Palais Royal visibles a través de la ventana izquierda y la colección de todos sus tesoros —objetos de cristal, su biblioteca, sus gatos—extendiéndose a la derecha, Colette leía y releía, en lo que ella llamaba solitude en hauteur, los viejos libros que más le gustaban. Hay una fotografía tomada un año antes de su muerte, el día que cumplió ochenta años. Colette está en la cama, y las manos de la criada han depositado sobre la mesa —repleta de revistas, tarjetas y flores— una torta de cumpleaños con todas las velas encendidas; las llamas suben muy alto, demasiado alto para parecer simples velitas, como si la anciana fuera una viajera ante el fuego de su campamento, como si la torta fuera un libro ardiendo, estallando en esa oscuridad buscada por Proust para la creación literaria. La cama se ha vuelto, por fin, tan privada, tan íntima, que ya es un mundo autónomo, donde todo es posible.»

 

El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: Alberto Manguel “Una historia de la lectura” 2014 Siglo Veintiuno Editores.

Libro disponible en Biblioteca Casa Égüez.

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