Lectura y representación

Metáforas de la lectura

Alberto Manguel

«Walt Whitman murió el 26 de marzo de 1892, en la casa que había comprado menos de diez años antes en Camden, New Jersey; tenía el aspecto de un rey del Antiguo Testamento o, como lo describió Edmund Gosse, de “un gato de Angora grande y viejo”. En una fotografía que le tomara pocos años antes de su muerte el artista Thomas Eakins, se lo ve con su desgreñada melena blanca, sentado junto a la ventana, contemplando reflexivamente el mundo exterior que, como había explicado a sus lectores, era una glosa de sus escritos:

Si quieres entenderme llega a las cumbres o a la orilla del mar. Cualquier insecto es una explicación, y una gota de agua o la agitación del mar, una clave; El mazo, el remo, la sierra apoyan mis palabras.

El mismo Whitman está allí, para que el lector lo contemple. Dos Whitman, de hecho: el de Hojas de hierba, “Walt Whitman, un cosmos, de Manhattan el hijo”, pero nacido además en todas partes (“Soy de Adelaide… Soy de Madrid… Mi patria es Moscú”), y el Whitman originario de Long Island, a quien le gustaba leer novelas de aventuras y cuyos amantes eran jóvenes de la ciudad, soldados, conductores de autobús. Ambos se convirtieron en el Whitman que en su vejez dejaba abierta la puerta de su casa a los visitantes que venían en busca del “sabio de Camden”, y ambos se habían ofrecido al lector, unos treinta años antes, en la edición de 1860 de Hojas de hierba:

Camarada, esto no es un libro, El que lo toca, toca a un hombre (¿Es de noche? ¿Estamos solos los dos?) Me tienes a mí y yo te tengo, me sujetas y te sujeto, Salto desde las páginas a tus brazos, la muerte me llama.

Años después, en la última edición de Hojas de hierba, libro tantas veces revisado y ampliado, el mundo no “apoya” sus palabras, sino que se convierte en la voz primordial; ni Whitman ni sus versos tienen importancia; el mundo entero basta, puesto que no es ni más ni menos que un libro abierto para que todos lo leamos. En 1774, Goethe (a quien Whitman leía y admiraba) había escrito:

Ved cómo la Naturaleza es un libro vivo, Incomprendido, pero no incomprensible.

En 1892, pocos días antes de su muerte, Whitman manifiesta su acuerdo:

En todo objeto, montaña, árbol y estrella; en todo nacimiento y vida, Parte de cada uno… surgiendo de cada uno… significando, detrás de lo aparente, Una cifra mística espera oculta.

Leí estos versos por primera vez en 1963, en una traducción española poco fiable. Un día, en el colegio secundario, un amigo mío que quería ser poeta (los dos acabábamos de cumplir quince años) apareció con un libro de la colección Austral de cubiertas azules, donde había descubierto los poemas de Whitman, impresos en un áspero papel amarillento y traducidos por alguien cuyo nombre he olvidado. Mi amigo era admirador de Ezra Pound, a quien hacía el cumplido de copiar, y, dado que los lectores no sienten el menor respeto por las cronologías trabajosamente establecidas por los profesores de literatura, pensaba que Whitman era una pobre imitación de Pound. El mismo Pound había tratado de poner las cosas en su sitio, proponiendo un “pacto” con Whitman:

Fuiste tú el que cortaste la madera Ya es tiempo ahora de labrar Tenemos la misma savia y la misma raíz… Haya comercio, pues, entre nosotros.

Pero mi amigo no se convencía. Por amistad, acepté su veredicto, y tuvieron que pasar un par de años hasta que encontré un ejemplar de Hojas de hierba en inglés y me enteré de que Whitman había pensado su libro para mí:

Para ti, lector, la vida, orgullo y amor palpitan igual que para mí, Para ti son, por lo tanto, los cantos que siguen.

Leí la biografía de Whitman, primero en una colección juvenil que suprimía toda referencia a su sexualidad y lo volvía anodino al punto de casi negarle la existencia, y luego el Walt Whitman de Geoffrey Dutton, instructivo, pero quizá demasiado sobrio. Años después, la biografía de Philip Callow me proporcionó una imagen nías clara del hombre y me permitió reconsiderar un par de preguntas que yo me había planteado antes: si Whitman imaginaba a su lector igual a él mismo, ¿quién era ese lector? ¿Y cómo, a su vez, el mismo Whitman se había convertido en lector? Whitman aprendió a leer en una escuela cuáquera de Brooklyn, gracias a lo que en aquel entonces se conocía como “método lancasteriano” (por el cuáquero inglés Joseph Lancaster). Un único maestro, ayudado por niños monitores, se hacía cargo de clases de unos cien alumnos, diez en cada mesa. A los más pequeños, sin distinción de sexo, se les daba clase en el sótano; cuando eran mayores, las niñas aprendían en la planta baja y los varones en el piso superior. Uno de los maestros de Whitman comentó que le parecía “un buen muchacho, torpe y de aspecto descuidado, pero común a los otros en todo lo demás”. Whitman complementaba los escasos libros de texto con los de su padre, un ferviente demócrata que había puesto a sus tres hijos los nombres de los fundadores de los Estados Unidos. Muchos de aquellos libros eran tratados políticos de Tom Payne, del socialista Francés Wright y del filósofo francés del siglo XVM Constantin-Francois, conde de Volney (el monstruo del doctor Frankestein también aprendió a leer escuchando Las ruinas del Imperio de Volney); pero además había colecciones de poesía y unas cuantas novelas. Su madre era analfabeta, pero, según Whitman, “sobresalía como narradora” y “tenía gran capacidad de imitación.

Whitman aprendió sus primeras letras en la biblioteca de su padre, y entonación escuchando los relatos de su madre.

Dejó la escuela a los once años y empezó a trabajar en las oficinas del abogado James B. Clark. A Edward, el hijo de Clark, aquel muchacho despierto le cayó bien, y lo suscribió a una biblioteca ambulante. Eso, dijo Whitman más tarde, “fue un acontecimiento decisivo en mi vida de aquella época”. De la biblioteca sacó y leyó Las mil y unas noches —“todos los tomos”—, así como las novelas de sir Walter Scott y James Fenimore Cooper. Pocos años después, a los dieciséis, adquirió “un recio volumen en octavo, con mil páginas de letra apretada… que contenía toda la obra poética de Walter Scott”, libro que consumió con avidez. “Más adelante, a intervalos, veranos y otoños, me marchaba, a veces durante toda una semana, al campo, o a las costas de Long Island, y allí, bajo la influencia del aire libre, fui leyendo de cabo a rabo el Antiguo y el Nuevo Testamento y asimilé (probablemente con mayor provecho para mí que si hubiera estado en una biblioteca o en cualquier habitación cerrada, tal es la importancia de dónde uno lee) a Shakespeare, Osián, las mejores traducciones que pude hallar de Homero, Esquilo, Sófocles, los primeros nibelungos alemanes, los antiguos poemas hindúes y una o dos obras maestras más, entre ellas las de Dante. A decir verdad, la mayoría de los textos de este último los leí en un viejo bosque”. Y Whitman inquiere: “Desde entonces me he preguntado por qué no me abrumaron aquellos poderosos maestros. Probablemente porque los leí, como ya he dicho, en plena presencia de la Naturaleza, bajo el sol, ante extensos paisajes y panoramas, o cerca del agitado mar”. El lugar en el que leemos, como propone Whitman, es importante no sólo porque proporciona un escenario físico al texto, sino porque sugiere, al yuxtaponerse con el lugar representado en la página, que ambos comparten la misma cualidad hermenéutica, que ambos tientan al lector con el desafío de la elucidación. Whitman no duró mucho en el despacho del abogado; antes de que terminara el año se había convertido en aprendiz de impresor en el Long Island Patriot, y aprendió a manejar una imprenta manual en un incómodo sótano bajo la supervisión del director del periódico y autor de todos sus artículos. Allí, Whitman aprendió “el agradable misterio de las diferentes letras y sus divisiones: la caja grande de la ‘e’, la caja de los espacios…, la de la ‘a’ la de la ‘i’ y todas las demás”, las herramientas del oficio. De 1836 a 1838 trabajó como maestro rural en Norwich, estado de Nueva York. Le pagaban poco y a destiempo y, tal vez porque los inspectores escolares desaprobaban la indisciplina que reinaba en sus clases, se vio obligado a cambiar de escuela ocho veces en esos dos años. Seguramente a sus superiores no les agradaba demasiado que él enseñara esto a sus alumnos:

No aceptes las cosas de segunda o de tercera mano Ni mires a través de los ojos de los muertos, ni te alimentes con los espectros de los libros.

O esto otro:

Honra más mi estilo quien aprende con él a destruir al maestro.

Después de aprender a imprimir y enseñar a leer, Whitman descubrió que podía combinar ambas habilidades como director de un periódico: primero del Long Islander, de Huntington, Nueva York, y más adelante del Daily Eagle de Brooklyn. Allí empezó a formular su idea de la democracia como una sociedad de “lectores libres”, no corrompidos por el fanatismo ni los grupos políticos, lectores a quienes el autor de textos —el poeta, el impresor, el maestro, el director de un periódico— deben servir con todas sus fuerzas. “En verdad sentimos el deseo de hablar de muchas cosas”, explicaba en el editorial del 1º de julio de 1846, “a todos los vecinos de Brooklyn, y no son sus nueve peniques lo que tanto nos interesa. Existe una curiosa afinidad (¿no lo han pensado ustedes nunca antes?) entre la mente del director de un periódico y el público al que sirve… La comunicación diaria crea una especie de hermandad entre ambos”.

Más o menos para esa época, Whitman descubrió los escritos de Margaret Fuller. Fuller era una persona fuera de lo común: primera crítica de libros profesional de los Estados Unidos, primera corresponsal en el extranjero, lúcida feminista y autora del apasionado opúsculo La mujer en el siglo XIX. Emerson pensaba que “todo el arte, el pensamiento y la nobleza de Nueva Inglaterra… parecen relacionarse con ella, y ella con todas esas cosas”. Hawthorne, sin embargo, la llamó “un gran farsante” y Oscar Wilde dijo que Venus le había dado “todo excepto belleza” y Palas Atenea “todo excepto sabiduría”. Si bien estaba convencida de que los libros no podían sustituir a la experiencia, Fuller veía en ellos “un medio para contemplar a toda la humanidad, un núcleo alrededor del cual puede reunirse todo el conocimiento, toda la experiencia, toda la ciencia, todos los ideales y también todos los aspectos prácticos de nuestra naturaleza”. Whitman, que aceptaba con entusiasmo sus ideas, escribió:

¿No tuvimos la grandeza, oh alma, de penetrar en los temas de los grandes libros, De absorber, con profundidad y plenitud, ¿pensamientos, dramas, reflexiones? Pero ahora, de ti hacia mí, pájaro enjaulado, siento tus alegres trinos, Llenando el aire, la habitación solitaria, la tarde que se alarga, ¿No tienes acaso la misma grandeza, oh alma?

Para Whitman, el texto, el autor y el lector se reflejaban mutuamente en el acto de leer, un acto cuyo significado él ampliaba hasta abarcar toda actividad humana, así como el universo en que todo aquello tenía lugar. En esta asociación, el lector refleja al escritor (él y yo somos uno), el mundo se hace eco de un libro (el libro de Dios, el libro de la Naturaleza), el libro está hecho de carne y de sangre (la carne y la sangre del escritor, las cuales, por medio de una transustanciación literaria, se hacen mías), el mundo es un libro que hay que descifrar (los poemas del escritor se convierten en mi lectura del mundo). Se diría que durante toda su vida Whitman buscó un entendimiento y una definición del acto de leer, que es al mismo tiempo el acto mismo y la metáfora de todas sus partes. “Las metáforas”, escribió el crítico alemán Hans Blumemberg, “ya no se consideran, ante todo, representaciones de la esfera que guía nuestras vacilantes concepciones teóricas, a modo de vestíbulo para la formación de conceptos, de mecanismo provisional dentro de unos lenguajes especializados que aún no están consolidados, sino más bien como un medio auténtico para captar contextos”. Decir que un autor es un lector o un lector un autor, ver un libro como un ser humano o a un ser humano como libro, describir el mundo como texto o un texto como el mundo, son maneras de nombrar el arte de leer. Esa clase de metáforas son muy antiguas, con raíces en la sociedad judeocristiana más temprana. El crítico alemán E. R. Curtius, en un capítulo sobre el simbolismo del libro en su monumental Literatura europea y Edad Media latina, sugería que las metáforas sobre libros surgieron en la Grecia clásica, pero hay pocos ejemplos, puesto que la sociedad griega, como más tarde la romana, no consideraba el libro un objeto cotidiano. Las sociedades judía, cristiana e islámica desarrollaron una profunda relación simbólica con sus respectivos libros sagrados, que no eran símbolos de la Palabra de Dios sino del mismo Verbo divino. Según Curtius, “la idea de que el mundo y la naturaleza son libros nace de la retórica de la Iglesia Católica, retomada por los filósofos místicos de la alta Edad Media, hasta que finalmente se convierte en un lugar común”. A fines del siglo XVI, fray Luis de Granada sostenía que, si el mundo es un libro, las cosas de este mundo son las letras del alfabeto con el que está escrito ese libro. En su Introducción al símbolo de la fe, preguntaba: “¿Qué serán luego todas las criaturas de este mundo, tan hermosas y tan acabadas sino unas como letras quebradas e iluminadas, que declaran bien el primor y la sabiduría de su autor?… Así nosotros…, habiéndonos puesto vos delante este tan maravilloso libro de todo el universo para que por las criaturas del, como por unas letras vivas, leyésemos y conociésemos la excelencia del Criador que tales cosas hizo”. “El dedo de Dios”, escribió sir Thomas Browne en Religio Medid, retomando la metáfora de fray Luis de Granada, “ha dejado una inscripción en todas sus obras, inscripción que no es gráfica ni compuesta de letras, sino de sus diferentes formas, disposición, partes y operaciones que, adecuadamente unidas, producen una palabra que expresa su naturaleza”. A esto, siglos después, el filósofo estadounidense Jorge Ruiz de Santayana agregaba: “Hay libros en los que las notas a pie de página, o los comentarios garrapateados al margen por algún lector, son más interesantes que el texto. El mundo es uno de esos libros”. Nuestra tarea, como señaló Whitman, es leer el mundo, puesto que ese colosal libro es la única fuente de conocimiento para los mortales. (Los ángeles, según san Agustín, no necesitan leer el libro del mundo porque ven a su Autor y de Él reciben el Verbo en toda su gloria. Dirigiéndose a Dios, san Agustín plantea la reflexión de que los ángeles “no necesitan contemplar los cielos ni leerlos para leer Tu verbo. Porque siempre ven Tu faz, y allí, sin las sílabas del tiempo, leen Tu voluntad eterna. La leen, la eligen, la aman. Leen siempre y lo que leen nunca llega a su fin… El libro que leen jamás se cerrará, el pergamino nunca volverá a enrollarse. Porque Tú eres su libro y Tú eres eterno”)

Los seres humanos, hechos a imagen de Dios, también son libros que hay que leer. Aquí, el acto de la lectura sirve como metáfora para ayudarnos a entender la vacilante relación que tenemos con nuestro cuerpo, el encuentro y el contacto, y el descifrar signos en otra persona. Leemos expresiones en un rostro, seguimos los gestos del ser amado como si fuera un libro abierto. “Tu rostro, mi Señor”, le dice lady Macbeth a su marido, “es como un libro en el que los hombres pueden leer cosas extrañas”, y Henry King, poeta del siglo XVII, escribió, de su joven esposa muerta:

¡Amada pérdida! Desde tu prematura muerte mi tarea ha sido meditar sobre ti, únicamente sobre ti: tú eres el libro, la biblioteca en la que busco, aunque me encuentre casi ciego.

Y Benjamín Franklin, gran amante de los libros, compuso su propio epitafio (que, por desgracia, no se utilizó en su lápida), en el que la imagen del lector como libro encuentra su descripción cabal:

El cuerpo de B. Franklin, impresor, Como la cubierta de un libro viejo Las páginas arrancadas, Y privado de sus rótulos y dorados Yace aquí, alimento de gusanos. Pero la obra no se perderá; Puesto que, como él creía, Aparecerá una vez más En una nueva edición, más elegante Corregida y mejorada Por el autor.

Decir que leemos —el mundo, un libro, el cuerpo— no es suficiente. La metáfora de la lectura requiere a su vez otra metáfora, exige una explicación mediante imágenes que quedan fuera de la biblioteca del lector, pero dentro de su cuerpo, de manera que la función de leer se asocia con nuestras otras funciones corporales básicas. El acto de leer —como hemos visto— sirve como vehículo metafórico, pero para entenderlo hay que reconocerlo también mediante metáforas. De la misma manera en que los escritores hablan de que un libro es un refrito, de aderezar una trama, de condimentar una escena, o de hincarle el diente a un texto, nosotros, los lectores, hablamos de saborear un libro, de alimentarnos con él, de devorarlo de una sentada, de regurgitar o vomitar un texto, de rumiar un pasaje, de sentirles el gusto a los versos, de damos un atracón de poesía, de mantenemos con una dieta de novelas policíacas. En un ensayo sobre el arte de estudiar, Francis Bacon, el erudito inglés del siglo XVI, catalogó el proceso: “Algunos libros hay que saborearlos, otros hay que tragárselos y unos pocos hay que masticarlos y digerirlos”. Por una extraordinaria casualidad sabemos la fecha en que se registró por primera vez esa curiosa metáfora. El 31 de julio del año 593 a. C., junto al río Québar, en la tierra de los caldeos, el sacerdote Ezequiel tuvo la visión de un remolino de fuego en el cual apareció “la imagen de la gloria de Yavé” ordenándole que hablara a los rebeldes hijos de Israel. “Abre la boca y come lo que te voy a dar”, le indicó la visión.

Yo miré y vi una mano que estaba tendida hacía mí, y tenía dentro un rollo. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso y lo que en él estaba escrito eran lamentaciones, elegías y ayes.

San Juan, anotando su visión apocalíptica en Patmos, recibió la misma revelación que Ezequiel. Mientras él mira aterrorizado, desciende un ángel del cielo con un libro abierto, y una voz atronadora le dice que no escriba lo que ha oído, sino que tome el libro de la mano del ángel.

Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito. Y él me dijo: “Toma y cómelo; y te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel”. Entonces tomé el librito de la mano del ángel, y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube comido, amargó mi vientre. Y él me dijo: “Es necesario que profetices otra vez a muchos pueblos, a las naciones, a las lenguas y a los reyes

Con el tiempo, a medida que la lectura evolucionaba y se ampliaba, la metáfora gastronómica se convirtió en pura retórica. En la época de Shakespeare era común en el habla literaria, y la reina Isabel I la utilizó para describir sus lecturas devotas: “Me adentro muchas veces en los agradables campos de las Sagradas Escrituras, donde recojo las buenas hierbas verdes de las frases, me las como al leerlas, las mastico al reflexionar, y luego, finalmente, las deposito en el asiento de la memoria…, de manera que pueda percibir menos la amargura de esta miserable vida”. Para 1695 la metáfora estaba tan incorporada a la lengua que William Congreve pudo parodiarla en la escena inicial de Amor por amor, cuando el pedante Valentine le dice a su ayuda de cámara: “¡Lee, lee, caballerete! Y refina tu apetito; aprende a vivir de instrucción; regálate con la mente y mortifica la carne; lee, y aliméntate con los ojos; cierra la boca y mastica el pienso del conocimiento”. “Engordará usted muchísimo con esa dieta de papel”, es el comentario del mayordomo.

Menos de un siglo después, el doctor Johnson leía un libro con los mismos modales que usaba en la mesa. Leía, según Boswell, “con hambre canina, como si lo devorase, lo que era, al parecer, su método de estudio”. Boswell afirmaba que el doctor Johnson se ponía sobre las piernas, durante la comida, un libro envuelto en el mantel “por la avidez de tener un entretenimiento preparado para cuando terminara el otro, pareciéndose (si se me permite utilizar un símil tan basto) a un perro que sujeta un hueso con las patas, mientras come otra cosa que le han tirado”.

Por mucho que los lectores se apropien de un libro, el resultado es que libro y lector se convierten en uno. El mundo, que es un libro, es devorado por un lector que es una letra en el texto del mundo; de esa manera se crea una metáfora circular sobre la lectura sin principio ni fin. Somos lo que leemos. El proceso por el que se completa el círculo no es, argumentaba Whitman, simplemente intelectual; leemos intelectualmente en un nivel superficial, captando ciertos significados y conscientes de ciertos hechos, pero, al mismo tiempo, de una manera invisible, inconsciente, el texto y el lector se entrelazan, creando nuevos niveles de significado, de manera que cada vez que ingerimos un texto y le obligamos a entregarnos algo, al mismo tiempo nace algo oculto que aún no hemos captado. Ésa es la razón de que —como Whitman creía, rescribiendo y reeditando sus poemas una y otra vez— ninguna lectura sea definitiva. En 1867 escribió, a modo de explicación:

No me cerréis vuestras puertas, orgullosas bibliotecas, Porque lo que faltaba en vuestros repletos estantes, Aunque era lo más necesario, yo lo traigo El resultado de una guerra, un libro que yo he hecho Las palabras de mi libro nada son, el sentido lo es todo, Un libro autónomo, desconectado del resto, que el intelecto no capta Pero que, a vosotros, con inauditas cosas latentes, os emocionará en cada página.»

 

El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en:

Alberto Manguel “Una historia de la lectura” 2014 Siglo Veintiuno Editores.

Libro disponible en Biblioteca Casa Égüez.

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