RELACIONES LECTORAS

Erótica de la interpretación

Fernando Barcena.

“Quiero proponer ahora una forma de relación lectora basada en una erótica de la interpretación. Hay muchas clases de lectores o de relaciones de lectura. Hay, por ejemplo, un tipo de lector ilustrado que, educado en el precepto kantiano de atreverse a usar la propia razón de modo independiente, parece leer los textos en ausencia de los prejuicios legados por la tradición. Su lectura es una primera lectura, una actividad sustentada en el presente, pero no en el pasado, ni en lo que se ha venido diciendo sobre los libros que lee.

Pero tenemos también un tipo de lector hermeneuta; alguien que reconoce la autoridad de los textos legados por la tradición y uno que se ha educado en un cierto sentido de lo que algunos llaman lo clásico. Su lectura se inscribe dentro de una amplia tradición de lecturas bien hechas y, en cierto modo, infrecuentes. Este lector parece aceptar el hecho de que, en realidad, somos nosotros los que pertenecemos a la historia.

La tesis aquí es: no hay lectura posible de un texto, si no hay apertura plena al texto, a lo que el texto nos puede decir; pero ésta parece depender de un cúmulo de interpretaciones previas, que son la condición de una posible nueva interpretación del sentido del texto. El que quiere comprender un texto, tiene que estar dispuesto a dejarse decir algo por él. El lector hermeneuta, por tanto, lee bajo la doble premisa de que debe abrirse al texto en su plenitud y de que su lectura es un acto articulado en una previa comprensión del mundo y de sí mismo. Es un lector que ha leído más veces y que sabe que ese texto que lee no es un texto que se ha leído por primera vez. Además, reconoce en el texto una cierta eminencia.

En tanto que estos textos sean interlocutores capaces de hablarnos y ponernos en cuestión, seguirán dotados de esa eminencia. Como dice G. Steiner:

Un «clásico» de la literatura, de la música, de las artes, de la filosofía es para mí una forma significante que nos «lee». Es ella quien nos lee, más de lo que nosotros la leemos, escuchamos o percibimos. No existe nada de paradójico, y mucho menos de místico, en esta definición. El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo […] El clásico nos preguntará: ¿has comprendido?, ¿has re-imaginado con seriedad?, ¿estás preparado para abordar las cuestiones, las potencialidades del ser transformado y enriquecido que he planteado? (Steiner, 1998, 32).

Esta hermenéutica tradicional hace de la actividad de la lectura un ejercicio, en el fondo, controlable. Ahí, la lectura se abre a lo que llamaré política de la lectura. Se trata de un ejercicio de control y de orden sobre la actividad del leer, que vuelve su experiencia en acontecimiento controlado, es decir, en un experimento. El acontecimiento de la lectura queda reducido a una acción planificada. No nos encontramos ya con la expresión de una acción espontánea, en la que el lector renuncia a poner en práctica las reglas de una disciplina de la interpretación, sino con una conducta normalizada que tiende a producir determinados efectos con la capacidad de riesgo desactivada.

En este régimen político de la lectura, la actividad del leer se constituye en un espacio de excepción, es decir, un espacio marginado del dinamismo caótico y espontáneo de la vida, el lugar en el que el lector queda refugiado a la espera de la ayuda que una lectura disciplinada pueda proporcionarle. Como espacio de excepción y marginalidad, la lectura, entonces, le da la espalda a la vida, o lo que es lo mismo: la lectura no queda respaldada por la vida, sino contrapuesta a su influjo. La lectura es, entonces, también, un espacio de abandono donde el lector ya no queda expuesto al influjo salvaje de la experiencia del vivir, sino protegido por el orden institucional.

El discurso moralista en educación reivindica estas figuras como espacios apropiados para la definición del estatuto de la lectura: un paréntesis de la vida, un refugio construido a espaldas de la existencia, un sustituto de la vida cara a cara con el mundo. En definitiva, un espacio en el que el lector está a salvo de la experiencia, de lo que le puede dar a pensar, de lo discontinuo.

La necesidad de una lectura basada en la necesidad de interpretar la obra de arte, parece fundarse en el hecho de que la distancia que nos separa del pasado se ha ido llenando cada vez de más teoría. Parece imposible relacionarnos con el arte y con los libros sin mediaciones de crítica interpretativa, constituida y establecida.

Probablemente una intuición similar le hizo escribir, en el año 1964, a Susan Sontag un ensayo: «Contra la interpretación», donde advertía que ya no podemos recuperar aquella inocencia anterior a toda teoría, cuando el arte no se veía obligado a justificarse o cuando no era necesario preguntarse qué decía la obra de arte, pues se sabía (o se creía saber) qué decía. Su tesis es que el abuso de la idea del contenido en la obra de arte comporta un proyecto de interpretación, siempre inacabado, sostenido por la idea de que existe algo así como un contenido en la obra de arte.7 Su crítica es que, a través de la interpretación establecida como canónica, lo que en realidad hacemos es alterar la pureza original del texto. El lector-intérprete excava el texto más allá de sí mismo, hasta encontrar un «subtexto» que le resulte verdadero. En esta labor, la interpretación empobrece el texto, porque reduce el mundo a un mundo de significados que responden a unos códigos ya establecidos y ordenados según un discurso coherente. El intérprete convierte el mundo en este mundo convergente con lo ya interpretado: «Al reducir la obra de arte a su contenido para luego interpretar aquello, domesticamos la obra de arte. La interpretación hace manejable y maleable el arte» (Sontag, 1996, 31). Hacemos que el arte pierda su condición salvaje e intempestiva. Esta forma moderna de comprender el arte contrasta con esas otras expresiones en las que se busca restablecer la magia de la palabra, al incorporar a la escritura sus silencios. Se trata de hacer que el texto coloque juntos la palabra y sus silencios, con el propósito de recuperar nuestros sentidos. No se trata de una hermenéutica, sino que lo que necesitamos es una erótica del arte: «Debemos aprender a ver más, a oír, más, a sentir, más» (39. Resaltados de la autora).

Pero si el libro nos trae junto a un decir posible la imposibilidad de escuchar el silencio de donde emergen las palabras que contiene, entonces de lo que se trata es de otra cosa. Se trata, quizá, de hacer del comentario del arte y del libro, una experiencia en la que el trato con las obras, así como el trato con nuestra propia experiencia de vida, fuese más, y no menos, real: mostrar cómo es o que es, y no sólo mostrar qué significa. En definitiva, se trata de recuperar la magia de la blancura de la página, de no perderle el respecto a esa blancura inmensa que es como un desierto. Se trata de recuperar el desierto del libro. El lugar, como decía E. Jabés, en el que se supone que todo es posible a través de una palabra que, aparentemente dominada, al fin no es más que el lugar de su propio fracaso:

Esta blancura, este silencio, son nuestro espejo más puro. La palabra a la que interrogamos nos interroga a su vez. Somos, de repente, el desgarro del libro, su esperanza y su desamparo, descuartizado por nuestras contradicciones, por nuestra imposibilidad de ser (Jabés, 2000, 128). Precisamente la no aceptación de los silencios del libro nos lleva a comentarlo, a interpretarlo, a llenar sus silencios con nuestros comentarios. Al final, lo que queda comentado es el libro en sus palabras, pero no en sus silencios, en sus vacíos, en sus ausencias. Y, sin embargo, cuando intentamos este ejercicio, cuando nos embarcamos en la labor de ir a las palabras que están más allá de las palabras, entonces lo que hacemos en violentar el texto: literalmente, lo violentamos al obligarle a desvelar sus secretos.

¿Estamos, pues, condenados a no interpretar el texto que leemos? Desde la tradición judía de la relación con el libro, se ha dicho que «el único criterio de una interpretación es su fecundidad. Todo aquello que da qué pensar honra a quien lo ofrece […]» (Ouaknin, 1999, 19). No se condena la interpretación, sino aquella interpretación que arranca del principio de que el sentido ya está dado y no puede revisarse. Si la interpretación ha de ser fecunda, entonces nuestra relación con el libro ha de ser tal que admita la pluralidad de sentidos, incluso la posibilidad de fracturar el sentido memorial que el libro pretende transmitir.

En esta relación lo que aprendemos es una erótica del arte, como la denomina Sontag en su ensayo. Y esta erótica implica suspender la comunicación como fin natural del lenguaje y de las palabras que comunica el texto. Supone el increíble esfuerzo de escuchar el silencio, disponiéndose uno a percibir la tensión del encuentro con el momento justo. El momento justo es el instante callado en el que escuchamos el silencio de la montaña cuya mágica poesía nos atraviesa. El momento justo es el instante en que captamos la suma fragilidad de la palabra del otro cuando le escuchamos, en lo que dice y en lo que omite. El momento justo es el reconocimiento de que necesitamos también hacer un silencio profundo, pero inquieto, antes del inicio de la lectura y del trato con lo otro, porque la cruz del comenzar es siempre síntoma de la dificultad de la empresa de leer. El momento justo es el instante en el que se nos muestra lo indecible, lo secreto de la palabra, el misterio de la escritura. El momento justo es, justamente, ese momento en que, desnudos, nos presentamos con nuestro corazón ante la Nada y solos nos dejamos golpear por el silencio. El silencio: «La profunda noche secreta del mundo», como escribió Clarice Lispector (2001,15)”.

El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: Fernando Barcena.

“El alma del lector” 2012 Babel libros.

Libro disponible en Librería Rocinante.

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