UNA JOVEN FAMILIA

IRENE VALLEJO

 

“En realidad, si volvemos la mirada hacia nuestros orígenes, descubrimos que los lectores somos una familia muy joven, una meteórica novedad.  Hace unos 3.800 millones de años en el planeta Tierra, ciertas moléculas se unieron para formar unas estructuras particularmente grandes e intrincadas llamadas organismos vivos.  Animales muy parecidos a los humanos modernos aparecieron por primera vez hace 2,5 millones de años.  Hace 300.000 años, nuestros antepasados domesticaron el fuego.  Hace unos 100.000 años, la especie humana conquistó la palabra. Entre el año 3500 y 3000 a. C., bajo el sol abrasador de Mesopotamia, algunos genios sumerios anónimos trazaron sobre el barro los primeros signos que, superando las barreras temporales y espaciales de la voz, lograron dejara huella duradera del lenguaje.  Solo en el siglo XX, más de cinco milenios después, la escritura se convirtió en una habilidad extendida, al alcance de la mayoría de la población –un largo recorrido; una adquisición muy reciente-.

Hemos tenido que esperar hasta las últimas décadas del siglo pasado, ante el umbral del siglo XXI, para que gentes de orígenes muy humildes, pertenecientes a las subculturas de las grandes ciudades, inmersas en un mundo de bandas callejeras y tribus urbanas, aprendieran el alfabeto y se apropiasen de él para dar rienda suelta a sus protestas, su disconformidad y sus desencantos. Los grafitis contemporáneos han sido uno de los sucesos más innovadores que, en muchos siglos, ha experimentado el alfabeto romano, icono imprevisto de décadas de duro trabajo para extender la alfabetización. Por primera vez en nuestra historia, un grupo de personas muy jóvenes –niños y adolescentes de edad escolar, muchos de ellos nacidos en guetos y periferias-, han tenido los medios y la seguridad en sí mismos para inventar sus propias expresiones gráficas, creando un arte original basado en garabatos y letras. Jean-Michel Basquiat, un joven negro de raíce haitianas, vivía como un vagabundo antes de empezar a colgar, en los años 80 del pasado siglo, sus grafitis en galerías de arte. Las letras invaden como cataratas muchos de sus lienzos, tal vez como autoafirmación dentro de un sistema que mantenía apretados a los marginales. Escribía y luego tachaba algunas palabras para que se vieran más; decía que el mero hecho de que estuvieran vedadas nos obliga a leerlas con más atención.

 

Curiosamente, los grafitis –o writing, como lo llamaban los implicados- se extendieron por los edificios, los andenes de metro, las tapias y las vallas publicitarias de Nueva York, Los Ángeles y Chicago, y luego por los de Ámsterdam, Madrid, París, Londres y Berlín, en los mismos años en que tenía lugar la Revolución Informática en los patios traseros de Silicon Valley. Mientras los nuevos expertos en tecnología exploraban las fronteras del ciberespacio, la juventud urbana que vivía en las barriadas marginales conocía por primera vez el placer de trazar letras en paredes y vagones, y la belleza del acto físico de escribir. En los mismos años en que los teclados empezaban a revolucionar los gestos de la escritura, la cultura juvenil alternativa descubrió con pasión la caligrafía, que hasta entonces había sido un deleite minoritario. Fascinados por el poder de dar nombre a las cosas, por las posibilidades creativas que encierran las letras y por el sentido del riesgo en la escritura –es un acto peligroso, siempre al borde de la fuga-, los adolescentes adoptaron el alfabeto manuscrito como una nueva forma de expresarse, de emplear el tiempo libre y de merecer el respeto de sus iguales.  Que esta apropiación sea tan actual solo se explica por la juventud de la escritura en relación con el largo trayecto de la humanidad –la escritura constituye tan solo el último parpadeo de nuestra especie, el latido más reciente de un viejo corazón.

 

Vladimir Nabokov tenía razón al reprocharnos en Pálido fuego nuestra falta de asombro ante esta prodigiosa innovación: “Estamos absurdamente acostumbrados al milagro de unos pocos signos escritos capaces de contener una imaginería inmortal, evoluciones del pensamiento, nuevos mundos con personas vivientes que hablan, lloran, se ríen”. Y lanza una pregunta inquietante: “¿Y si un día nos despertáramos, todos nosotros, y descubriéramos que somos absolutamente incapaces de leer?”.  Sería un regreso a un mundo no tan lejano, anterior al milagro de las voces dibujadas y las palabras silenciosas.

 

La expansión de la lectura provocó un nuevo equilibrio de los sentidos. Hasta entonces, el lenguaje se abría camino a través de los oídos pero, tras el hallazgo de las letras, parte de la comunicación emigró a la mirada. Y los lectores pronto empezaron a sufrir problemas de visión. Por las quejas de algunos escritores romanos, descubrimos que el uso cotidiano de las tablillas enceradas fatigaba y “oscurecía” la vista. En la superficie de cera, los trazos eran simples hendiduras sin contraste –trabajos surcos de palabras-. El poeta Marcial mencionó en sus versos “los desfallecientes ojos” de quien lee en tablillas, y Quintiliano recomendaba a todas las personas de vista frágil leer solo libros escritos con tinta en la superficie del papiro o pergamino, negro sobre pardo.  Así averiguamos que el soporte más barato y accesible al alcance de nuestros antepasados dejaba secuelas.

 

En aquel tiempo, no había forma de corregir las dioptrías. Por eso, la vista cansada de muchos lectores y estudiosos del pasado estaba con frecuencia condenada a sumergirse lentamente en una neblina sin regreso o a deshacerse en una tormenta de manchas de donde huían los colores y la luz.  Las gafas todavía estaban por inventar. Se cuenta que el emperador Nerón miraba a través de una enorme esmeralda para poder ver desde el palco los detalles de sus amadas peleas entre gladiadores. Es posible que tuviese la vista corta y emplease sus grandes joyas labradas como la lente de un catalejo. En todo caso, las piedras preciosas de tamaño gigantesco estaban al alcance de emperadores, pero no de intelectuales con la bolsa flaca y telarañas en los bolsillos de la túnica.

 

Largos siglos después, en 1267, Roger Bacon demostró científicamente que la letra pequeña podía verse más clara y aumentada usando lentes esmeriladas de una forma precisa. A raíz de este descubrimiento, las fábricas de Murano empezaron a experimentar con el vidrio, convirtiéndose en la cuna de las gafas. Descubiertas las lentes, había que crear monturas cómodas, ligeras y que no dejasen resbalar los anteojos. Aunque algunas de esas primeras soluciones recibieron el apodo de “estrujanarices”, los nuevos artilugios se convirtieron rápidamente en un apetecible símbolo de prestigio social.

 

En una escena de El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville, ante un maravillado Adso, extrae un par de gafas de la bolsa que lleva colgando del sayo a la altura del pecho y se las coloca en el rostro. En el siglo XIV, cuando sucede la historia, eran todavía una rareza. Los monjes de la abadía, que nunca antes habían visto nada semejante, observaban con curiosidad pero sin atreverse a preguntar, la extraña prótesis de vidrio. El joven Adso la describe como “una horquilla, construida de tal modo que pudiera montarse en la nariz de un hombre como el jinete en el lomo de su caballo.  Por ambos lados, la horquilla continuaba en dos anillas ovaladas de metal que, situadas delante de cada ojo, llevaban engastadas dos almendras de vidrio gruesas como fondos de vaso”. Guillermo explica a su atónito ayudante que el paso de los años endurece los ojos y que, sin ese prodigioso instrumento, muchos sabios, al cumplir cincuenta primaveras morirían para la lectura y la escritura. Los dos dan gracias al Señor porque alguien haya descubierto y fabricado esos fabulosos discos capaces de resucitar la visión.

 

Los lectores ricos de la Antigüedad no podían compra aún las inexistentes gafas, pero tenían a su disposición los rollos más lujosos del mercado con los que proteger y agasajar sus ojos. La mayoría de los libros se elaboraban por encargo, y la calidad del producto artesano dependía, como en todas las épocas, del gasto que estaba dispuesto a afrontar el comprador. Para empezar, había distintas calidades de papiro. Como Plinio documenta, el más fino procedía de tiras rebanadas de la pulpa interior del junco egipcio. Si el coleccionista tenía la bolsa bien repleta, la caligrafía del copista sería más grande y bella y el libro se leería con mayor facilidad y perduraría más tiempo.

 

Imaginemos por un momento los rollos más hermosos, más refinados, más exclusivos. Los bordes de las hojas de papiro, alisadas laboriosamente con piedra pómez, se adornaban con una franja de color. Para reforzar la consistencia de los libros, se labraban unos bastoncillos llamados “ombligos”, de marfil o maderas valiosas, a veces recubiertas de pan de oro. Los remates del ombligo eran unas empuñaduras muy adornadas. Los rollos de la Tora judía utilizados en las sinagogas mantienen vivo el aspecto de aquellos. Para los judíos, los cilindros de madera con sus pomos –≪árboles de la vida≫– son imprescindibles por la prohibición ritual de tocar con la mano el pergamino o las letras de los libros sagrados. Entre los griegos y romanos, acariciar el texto nunca fue un sacrilegio, y los ombligos sencillamente ayudaban a desplegar y rebobinar el rollo con más facilidad.

 

 

Los artesanos inventaron otros caros accesorios para bibliófilos caprichosos, como cajas de viaje y fundas de piel para preservar el papiro de las inclemencias. En los ejemplares de lujo, esa funda se teñía de púrpura, el color del poder y la riqueza. Sabemos que existía también un caro ungüento –el aceite de cedro– con el que untar el papiro con el propósito de ahuyentar a las polillas que devoraban palabras. Solo los aristócratas y patricios romanos podían presumir de bibliotecas tan fastuosas. Exhibían así el orgullo de su fortuna, como los que hoy se pavonean conduciendo un Rolls-Royce. Los poetas, sabios, filósofos, salvo excepciones, no pertenecían a esos círculos privilegiados. Algunos de ellos miraban de reojo los bellísimos libros que quedaban fuera de su alcance y, rezongando entre dientes, escribían como venganza agudas sátiras contra los coleccionistas incultos. Ha llegado hasta nosotros uno de esos rencorosos libelos, titulado Contra un ignorante que compraba muchos libros: ≪Quien no obtiene ningún beneficio de los libros ¿qué hace al comprarlos sino dar trabajo a los ratones, guarida a las polillas y golpes a los esclavos que no los cuidan bastante? Podrías prestarlos a quienes harían más provecho, ya que no sabes qué hacer con ellos. Pero eres como el perro que, tendido en la cuadra, ni come la cebada ni deja que el caballo la coma, él que podría hacerlo≫. Esta obra maestra del cabreo y el insulto pinta con ira el paisaje de escasez anterior a la imprenta, cuando leer era, demasiadas veces, un signo de inmerecido privilegio.

 

15

 

Durante mucho tiempo los libros circularon de mano en mano dentro de los círculos cerrados de las amistades y las clientelas más exclusivas. En la Roma republicana, leían las élites y sus satélites. Transcurrieron largos siglos en los que, a falta de bibliotecas públicas de la Urbe, solo podías posar los ojos en los libros si poseías un gran patrimonio, o si tenías habilidad para la adulación.

 

Hacia el siglo I a. C. Atisbamos por primera vez la existencia de lectores por placer, sin gran fortuna ni pretensiones sociales. Esa rendija se abrió gracias a las librerías. Sabemos que ya hubo comercio librario en Grecia, pero apenas poseemos datos para reconstruir la imagen de aquellos primeros tenderetes de libros. Acerca del mundo romano, en cambio, nos han llegado sustanciosos detalles (nombres, direcciones, gestos, precios e incluso bromas).

 

El joven poeta Catulo –siempre fue joven, pues murió a los treinta años– cuenta una reveladora anécdota de amistad y librerías ambientada a mediados del siglo I a. C. Como precedente de nuestras inocentadas navideñas, a finales de un frío mes de diciembre, durante las fiestas saturnales, recibió un regalo en son de broma de parte de su amigo Licinio Calvo: una antología poética de los autores que ambos consideraban los más nefastos del momento. ≪Grandes dioses, qué horrible y condenado librito has enviado a tu Catulo para que se muriera de una vez≫, refunfuña Catulo. Y a continuación trama su venganza: ≪Esta fechoría no te saldrá barata, gracioso, porque en cuanto amanezca correré a los arcones de los libreros y compraré los peores venenos literarios para devolverte estos suplicios. Mientras tanto, volved allí de donde en mala hora salisteis, calamidad de nuestros tiempos, pésimos poetas≫.

 

Por medio de estos versos juguetones descubrimos que en aquella época ya era una costumbre habitual regalar libros adquiridos en el mercado por las saturnales. Es más, el vengativo Catulo puede confiar en que, al alba del día siguiente, encontrará abiertas en Roma varias librerías donde comprar lo peor y más mortífero de la producción poéticas contemporánea, que le servirá para vengarse de la malicia de su amigo.

 

Esas librerías madrugadoras eran, principalmente, talleres de copia por encargo. A esos establecimientos acudían sobre todo personas de baja estofa que no tenían ni siquiera un mal esclavo al que encomendar la tarea. Llegaban con un original bajo el brazo y ordenaban un determinado número de copias manuscritas, más o menos lujosas según sus posibilidades económicas. Los empleados del taller, en su mayoría esclavos, manejaban rápido el cálamo. El bilbilitano Marcial, que fue el gran adalid antiguo de la poesía breve, afirmaba que una copia de su segundo libro de epigramas ­–de treinta páginas en mi edición impresa– se hacía esperar tan solo una hora. Argumentaba así las múltiples ventajas de su literatura rápida y ecológica: ≪Lo primero, consumo menos papiro; lo segundo, mis versos los copia todo el copista en una sola hora y no es esclavo de mis bagatelas durante mucho tiempo; en tercer lugar, aunque el libro sea malo desde el principio hasta el final, solo dará la tabarra un ratito≫.

 

La misma palabra, librarius, designada al copista y al librero, porque se trataba de un solo oficio. Antes de la invención de la imprenta, los libros eran reproducidos de uno en uno, letra a letra, palabra por palabra. El precio del material y del trabajo eran constantes. Producir de una sola vez, como hacemos hoy, una tirada de miles de ejemplares no hubiera significado ningún ahorro.  Más bien al contrario, elaborar muchos libros sin un comprador garantizado habría colocado al negocio en peligro de quiebra. Los romanos hubieran arqueado una ceja incrédula ante nuestros conceptos actuales de público potencial y ampliación de mercado. Sin embargo, la anécdota de Catulo da a entender que se podía acudir a las librerías en busca de algunas obras ya listas para su compra, sin necesidad de aportar el original –seguramente se trataría de un puñado de novedades y ciertos clásicos imprescindibles–. Los libreros empezaban a asumir un cierto grado de riesgo empresarial, ofreciendo libros prêt-à-porter de autores en quienes confiaban.

 

Marcial fue el primer escritor que hizo gala de una relación amistosa con el gremio de los libreros. Seguramente él mismo, que siempre protestaba de la tacañería de sus mecenas, se surtiría de libros en las tiendas. Varios de sus modernísimos poemas contienen publicidad encubierta, tal vez pagada: ≪En el barrio de Argileto, frente al foro de César, hay una librería cuya puerta está totalmente llena de rótulos, de suerte que puedes leer rápidamente los nombres de todos los poetas. Búscame allí. Atrecto ­–así se llamaba el dueño de la librería– te dará del primer o segundo estante un Marcial pulido con piedra pómez y adornado con púrpura, por cinco denarios≫.”

 

El texto completo de donde ha sido tomado este fragmento puede ser leído en: Irene Vallejo, El  infinito en un junco, Biblioteca de EnsayoEdiciones Siruela 2019.

Disponible en librería Rocinante

 

 

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